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Terminó el torneo y Colo-Colo celebró su estrella 30 con dos aclamados, que en algún momento fueron pisoteados e insultados por sus propios hinchas. El fútbol y sus insondables bemoles de una irracionalidad digna de una memoria limitada.

Por Ignacio Pérez Tuesta (@ipereztuesta)
Director de Radio Sport Chile 

Hace una década escuché a un tipo decir que “Lucho Mena juega en Colo-Colo porque es rubio”. Siempre pensé lo extraño de esa afirmación, ya que si hay algo que es difícil y poco popular en el cacique es que llegue un tipo de pelos platinados naturales. Historias de bullying en las inferiores hay mil al respecto y muchos chicos se han ido por lo mismo.

Luis Mena debutó silenciosamente en 1996, tipo aplicadísimo, táctico, obediente y decente a más no poder. Nada de pasarse tipos canchereando a lo Don Elías ni creerse bueno. Usaba la camiseta 29 mientras lo ponían de lateral, central, stopper, volante de contención o lo que fuera. El hombre sólo quería jugar y demostrar como cualquier morocho, trigueño o rubio. Tanto que se fue a Puerto Montt un año, la otra camiseta que ha defendido en su vida, además de las selecciones menores. Y en 2001 jugar allá era bravo. Entre el barro de la antigua cancha, el frío la lluvia y los camarines de octava división.

Volvió, alternó, salió campeón y año a año entre quiebras, decepciones y tetracampeonatos se repetía el “traen y traen centrales y siempre termina jugando Lucho Mena”. Pero hoy con la 30 en la vitrina casi nadie se acuerda que el tipo más ganador de títulos nacionales con la camiseta alba, hasta hace muy pocos años provocaba nervios en el hincha cuando ingresaba, y el “pero si es muy malo” era cosa de todos los domingo. Y ahora no son pocos los que postulan que Mena debe tener contrato indefinido, que es un grande y que está en la galería de los inolvidables. No pocos dicen que hay que retirar la “3”, cosa que ni dijeron cuando se fue el Chano Garrido, por ejemplo.

Héctor Tapia Urdile vivió uno de sus momentos más tristes de su vida cuando falleció su padre, quien había sido su sostén y apoyo eterno en su formación como hombre y futbolista. Tanto era el amor de “Tito” y su padre por Colo-Colo, que éste último prestó cerca de centenas de millones de pesos para pagar sueldos atrasados al plantel del cacique en los momentos que estaban cerca de cortarles el agua. Y sí, la cortaron. Con candado.

Y quienes dirigían en ese momento los destinos albos nunca se hicieron cargo de esa deuda y vino la quiebra. Hay un par de quienes tenían oficina en Pedrero que hoy aparecen por el Monumental medio escondidos dando lecciones de cómo manejar clubes y otras ramas, pero con la facilidad que da hacerlo con platas ajenas. De los socios que aún creen, claro.

Lo mismo que hizo Tapia padre que falleció muy joven. Y su hijo jugador cansado de algunas cosas al interior, tomó sus cosas y se fue a Universidad Católica, pese a que él quería seguir adentro. ¿Qué hizo la barra? Ponerle un signo peso encima de su cara en un lienzo en que estaban los más destacados hinchas del club. Traidor y mercenario fue lo más suave que le gritaron a “Tito” en esos años cuando volvía al Monumental. Y después sin su padre al lado y con una deuda que algunos que arrancaron y proclaman amor al club, nunca le pagaron.

Pero hoy, es el ídolo por la misma barra que lo mató hace una década, sólo porque les pasó en las manos la copa número 30. El que sacó a Colo-Colo de la crisis, que volvió a las raíces y “aguante Tito que es colocolino es del pueblo”. ¿Están hablando del mismo tipo que denostaron, le pusieron signo peso en la cara y lo trataron de vendido cuando puso plata para pagarle el sueldo a sus compañeros?

Ojo que en los otros equipos pasa lo mismo. José Rojas en U. de Chile es el caso más patente. Cuando el aplicado y gran deportista que es “Pepe” fichó por Independiente de Avellaneda, los propios hinchas de la “U” reían a mandíbula batiente augurando que el limitado lateral que era entonces y no el correctísimo stopper izquierdo en que se convirtió después (bien escaso en Chile), iría a pasear al Obelisco y clavarse un bife chorizo de 450 gr. como sus mayores logros en Avalleneda.

Años después levantaba la Copa Sudamericana y era bautizado como “Pepenbahuer”, inamovible de los azules, ídolo, destinado al Olimpo de los mejores. Pero comenzó una baja en su rendimiento, varias lesiones y ya nuevamente las críticas despiadadas se apoderan de José Rojas (que además está viviendo un momento personal complicadísimo).

Y lo único que hizo fue un año más deficiente, como curva natural de un deportista. Pero no, al hincha de souvenirs y de regalos navideños, no parece importarle puesto que ya no le sirve para saborear mejor su cerveza en el living o molestar al compañero de oficina. Pero Jorge Sampaoli lo nomina igual entre los premundialistas. Algo sabe el hombre de Casilda.

El hincha debe seguir siéndolo y no cambiar su esencia, eso sería la muerte del fútbol. Pero el de verdad, ese que lee el diario, se informa y ve fútbol, conoce la formación de su equipo e incluso ve partidos de los otros equipos, discute, se enoja, se altera y se vuelve orate en el estadio, pero sin agredir a nadie.

Pero no ese que salta como orangután para decir “vam’o a ganar trescero-trescero-trescero”, extrapolando rabias internas con la sociedad y carencias de afecto o creerse más importante que su camiseta y su club (hinchas de su hinchada), como algunos dictadores de organizaciones ilícitas llamadas barras, que se dicen del pueblo y son dueños de granjerías y privilegios, iguales en la forma y estructura a quienes ellos vapulean como los actuales dueños del fútbol. Incluso algunos con poleras Lacoste, que muy pocos hinchas de tablón norte o sur podrían adquirir. Quizás las traen desde Argentina donde algunos se fueron a esconder. Qué malo.

No usemos el fútbol para lo mismo que criticamos en la vida: utilizar a las personas mientras nos dan circo y si algo me molestó lo denigro. Pero si vuelve y me hace tener una victoria en la que yo no participé, vuelve a ser el mejor.

El fútbol y el deporte es demasiado importante en una sociedad, para tener ese nivel de memoria y análisis. El hincha debe ser el mejor vigilante y censor de las dirigencias, periodismos y futbolistas. Pero con memoria y argumentos, conocimiento y lógica, al menos de lunes a viernes.
Porque de lo contrario no vamos a construir nada, sólo pintar la fachada del color que nos parece bueno en ese momento. Y eso sería el eterno fin de darnos vuelta en letreros, bombas de ruido y proclamas para quienes quieren seguir jugando a ser los malos.

El fútbol tiene que ser de los mejores, sobre todo de los mejores hinchas. Esos son los indispensables.

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