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Cepas de precios muy convenientes que llaman a nuestra gastronomía: pastel de papa o de choclo, puré picante, cazuela, legumbres, cerdo asado o cortes de vacuno como entraña, palanca o lomo vetado.

Por Rodrigo Pica (@rodrigopica1)
Panelista de Caleta Abarca
Miembro del panel de cata de Mantegini Sommeliers www.culturasommelier.com.ar

La viticultura chilena tiene antecedentes notables, en la época de la conquista, los frailes que acompañaban a los conquistadores requerían de vino para la misa y plantaron vid donde fuera posible, pues el poco vino que se traía de España resultaba muy caro y no arribaba en buen estado.

Ya en el siglo XVII los mejores vinos de Chile venían de la zona de la frontera, hoy valle de Itata, donde se plantaron dos variedades típicas españolas, que subsisten hasta hoy: uva país para tintos (originaria de las Islas Canarias, donde se le llama listán negro) y moscatel de Alejandría para blancos (esta uva viene de Egipto, es lo que bebía Cleopatra y fue llevada como tesoro a Europa por los legionarios romanos), dando como resultado vinos que en la época nada envidiaban a los españoles.

Lamentablemente, el atraso en métodos productivos y la llegada de las cepas francesas en el siglo XIX hicieron que estas cepas y este valle quedaran relegados a un injusto y subvalorado segundo plano que durará hasta hace unos pocos años atrás. En el ínterin, llegarán otras uvas como la cinsault, poco conocida en la zona central, y tras el terremoto del año 1939 el Estado fomentará la plantación de carignan, que también se injertará habitualmente en vides de país.

Hoy vivimos una era de rescate de la identidad del vino, clima, geografía, prácticas, variedades de uva, etc., y en eso, de la mano de antiguas familias de la zona y de enólogos extranjeros dotados de constancia y empuje, felizmente Chile se ha dado cuenta del patrimonio histórico y vitivinícola de Itata, en zonas tan distintas como Bulnes y Yungay en el interior -vinos maduros, esbeltos de cuerpo, frescos y jugosos-, otras como Ranquil y Guarilihue en un secano costero muy atractivo -con las mejores uvas cinsault de Chile y algunos vinificadores de tinajas de greda-, utilizando las viejas variedades coloniales y también las francesas habituales. Pensar en vinos de este tipo me hace imaginar hinchando por la roja, celebrando goles de Chile con una de estas maravillas de nuestra identidad en la copa.

Viña Chillán, de Bulnes, tiene un delicioso país con guarda en barrica, de aromas y sabores a ceniza, tierra y ciruela negra madura, fácil de beber, ideal para carne, guisos y comida chilena en general, que pide plateada o costillar de cerdo condimentado y asado, que de seguro todos gozaremos viendo el mundial de fútbol.

Esta misma viña tiene un malbec muy poco común y atractivo, además de pinot noir, que en esta zona promete un interesante desarrollo, que dará mucho que hablar y en el que viñas grandes de la zona central ya han experimentado. En la misma zona, viña Männle tiene de todo: cabernet sauvignon, equilibrado de cuerpo y fresco, además de cepas de latitudes más norteñas: syrah y carmenere, redondos y gratamente sorprendentes, muy distintos a los de otros valles; además tienen blancos de chardonnay y sauvignon blanc.

Männle tiene también un delicioso y joven ensamblaje tinto llamado Mapuche, de cabernet, carignan y país, muy expresivo de la zona: fruta roja, cuerpo moderado y mucho frescor. Viña Larqui, con viejísimas vides, tiene también ricos tintos, su país-carignan y sus etiquetas de carignan, moderados de alcohol y refrescantes, son vinos para sentarse a conversar, ideales para la previa del partido, prender el fuego y lanzarse al choripan, o para una rica plateada a la hora de la cena.

El secano es diferente, templo del cinsault, de vinos refrescantes, jugosos y más ligeros de lo habitual, muy concentrados de sabores a cerezas, frutillas y ciruelas rojas, con exponentes como los secos, dulces y espumantes de la viña Neira (descendientes del Bandido Neira, compañero de Manuel Rodríguez en la Independencia) , o los tintos y rosados de la viña De Martino.

En todo el valle campea la uva Moscatel de Alejandría, con vinos de todo tipo: dulces (como el moscatel dorado de Los Encomenderos, hecho con uvas secadas al sol antes de vinificar, estilo Málaga), secos (como el de viña Zaranda y Días de Verano de Miguel Torres) y también ricos espumantes (amo los brut de Neira y el demi sec de Los Encomenderos, que acompañados con un helado de menta chips son un postre inigualable). También Itata ofrece Chardonnay y nos deleita con Sauvignon Blanc, algunos en etiquetas de viñas de la zona central, no tan verdes y sí muy frescos, más cargados a la fruta blanca.

Itata es un mundo distinto al Chile central, con raíces de la conquista, uvas diferentes, identidad de campo, productores pequeños, viñas familiares y mucha pasión; es paradójico que entre lo “comercialmente nuevo” del vino chileno esté lo más antiguo de nuestra identidad: el valle de Itata, con vinos que matan a precios muy convenientes, y que llaman a la gastronomía chilena: pastel de papa o de choclo, puré picante, cazuela, legumbres, cerdo asado o cortes de vacuno como entraña, palanca o lomo vetado….. ya veo la parrilla maridada con vinos de Itata, partiendo con Cinsault, siguiendo con país, viendo buen fútbol durante este Mundial y la repetición de los goles con un moscatel, sea dulce o espumante.

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