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La generación actual ha crecido habituada a ganar y con una forma de hacerlo. Los que pasamos hace un rato los 30, nos forjamos entre derrotas, fracasos, delincuentes, pasaportes falsos y bisturís. Felizmente hoy estamos vivos para contarlo.

Por Ignacio Pérez Tuesta (@ipereztuesta)
Director Radio Sport Chile

 

Hasta ayer, el Maracaná fue un estadio que marcó el crecimiento como niños y preadolescentes, a quienes nos gustaba el fútbol de manera irracional. Era 1989.

Es que para el Mundial de 1982, uno de los más grandes fracasos de una Selección Chilena, era muy chico y me acuerdo poco. Luego, sí sufrí el no clasificar a México 1986 e hinché por Argentina y Maradona. Por eso atesoro con tanto cariño la Copa América de 1987, una de las pocas alegrías y triunfos sólidos y consecutivos. Para los partidos podía comprar una bebida y recuerdo que en mi casa hubo completos para el partido con Colombia. Lamento que no estén los partidos enteros en Youtube.

Pero ese 3 de septiembre, nos definió la historia de la peor forma, la más oscura. Donde vimos cómo estábamos amando una actividad que sólo provocaba carga negativa cada vez que nos adentrábamos en ella.

Era un túnel frío, húmedo, con olor a abandono, donde cada gota que caía era un eco interminable de desastre y penetraba los oídos. De esos que da miedo recorrerlos y una rata a veces resulta ser la mejor compañía. No tenía salida. Y parecía que cada vez ese camino se hacía más largo.  Una cloaca donde se desaguaba lo peor de la sociedad que aún no asumía que podía vivir en libertad.

Por eso recuerdo muy claro que el 4 de septiembre de 1989, al día siguiente del episodio del Maracaná, había que entregar un escrito comentando el partido de Chile. Lo que fuera, totalmente libre. Gran profesora de castellano teníamos en mi colegio playanchino, ya que nos daba la posibilidad de entrenar nuestra caligrafía y ortografía en algo que nos gustara. Educación de calidad.

En el atardecer y cuando la Selección Chilena que dirigía Orlando Aravena aún estaba en el camarín del Maracaná, recuerdo que mi lápiz mina se deslizó por tres hojas de esos cuadernos rojos, chicos, de líneas. Me encantó la sensación de estar escribiendo sobre eso, aunque sólo recuerdo que especulé sobre el fraude brasileño y que ellos nunca habían faltado a un Mundial. Me hacía cargo de lo que escuchaba en la radio, comentarios que los consumía obsesivamente y a veces los grababa.

La profesora me hizo leer el comentario delante de todo el curso, lo que por cierto, me provocó pudor. Me saqué un 7.0 y lamentablemente, pese a que aún conservo muchas cosas de mi época escolar, eso nunca lo guardé. Ahí reafirmé que quería ser periodista. Increíble, pero una de las decisiones más importantes de mi vida estuvo marcada por un escándalo, un bochorno, una vergüenza, un engaño.

Después de esa tarde vinieron muchas más, aunque no tan perversas. Pero mientras avanzaba la vida y comenzaba a ser grande, viví con el fútbol chileno convertido en un paria internacional. Soy parte de los que vi una clasificatoria sin Chile porque estaba castigado. Las veíamos por TV, sin importarnos mucho quién iría a Estados Unidos 1994.

Pasó la Copa América del ’91, las críticas a Salah por salir cuartos, el penal perdido del Coto Sierra a quien se le mató en 1993, la decadente selección de 1995 con Azkargorta y luego, al fin, podíamos volver a soñar. Había muchas ganas de ganar y se llegó a Francia 1998, cuando yo ya estaba estudiando en la universidad. Parece que la historia cambiaba, pero yo ya estaba grande.

Ayer me sentí niño ver a Chile ganar en el Maracaná de nuestros infiernos, y al campeón del mundo. Me acordé de lo que escribí hace casi 25 años, de mi nota 7.0, el lápiz mina y cómo crecí en un fútbol entre fracasos y delincuentes.

Chile puede perder el lunes. Puede quedar eliminado y lo más probable es que no sea campeón del mundo este año. Chile volverá a perder, a quedar eliminado de algún torneo.

Los que tienen menos de 25 años nacieron y crecieron viendo a Chile habitualmente en los mundiales, ganando y teniendo una forma de pararse en una cancha. Además con una medalla en fútbol en los Juegos Olímpicos. Y cuando el fútbol cayó en crisis y Juan Pinto Durán era una taberna, el tenis nos puso en lo más alto del deporte chileno a comienzos del siglo. De oro, plata y bronce. Olfateamos el triunfo a cada rato.

Los que nacieron en esta época están creciendo no sólo con otros resultados, sino con el gran triunfo de saber que es tan importante llegar, como elegir el camino por dónde se accede a la cima. Esas formas y caminos que todos se querían saltar y engañar, cuando nosotros estábamos creciendo y nos gustaba el fútbol. Esa fue nuestra normalidad en los años 80.

Me alegro de ustedes, niños. Porque crecen en esta época que hoy varios la disfrutamos siendo adultos, pero tratando de sentirnos niños nuevamente, como ayer.

Hoy el ganar, y el cómo ganar, para ustedes es un ejemplo con el que están formándose y lo aplicarán a la vida. Ven los partidos mirando el televisor de frente, sabiendo que Chile puede ganar; nosotros lo hacíamos pensando en no perder y escondiendo la cara debajo de las sábanas cuando el equipo rival tiraba y tiraba centros.

Niños, disfrútenlo.

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